Deje de comportarse como la hermana de él

"La intimidad entre marido y mujer es indiscutiblemente motivo de alabanza  para Dios."

 

La separación de un matrimonio cristiano es siempre motivo de mucha tristeza. El choque, por eso, aún es mayor cuando los cónyuges se llevan muy bien y, “de repente”, la relación comienza a ir mal.
Existen matrimonios que se llevan muy bien afectivamente, pero acaban perdiendo el interés por el sexo.
Eso sucede porque, con el pasar de los años, hombre y mujer caen en el error de tratarse apenas como “amigos” o “hermanos”, y el peso de ese lazo muchas veces crea la dificultad de rescatar la calidad de la relación del amor.
Algunas mujeres acaban creyendo que todo eso es perfectamente normal, pues al final ella y el marido “se llevan tan bien”. La verdad es que satanás, de alguna forma, siempre intentará hacer acuerdos con el hombre. Nada mejor que tocar en aquello que Dios más ama y aprecia, que es la comunión entre marido y mujer.
Algunos factores relacionados a la infancia y a la adolescencia pueden generar una visión negativa de la sexualidad, “disparando un gatillo” de desinterés. Uno de los ejemplos más comunes es la ausencia de cambio de cariño entre los padres. Muchos hijos que no están acostumbrados a ver a los padres de manos dadas, intercambiando miradas o besitos, ciertamente tiene un poco más de dificultad de asimilar, cuando adultos, una rutina romántica dentro del hogar.
Otra cuestión que también precisa ser evaluada en el enfriamiento sexual es la presencia de un cuadro disfuncional en el matrimonio o en uno de los cónyuges.
El deseo sexual hipo activo, como es diagnosticado clínica-mente, es la disminución o ausencia completa del deseo y motivación para una actividad sexual.
Lo que muchos matrimonios cristianos no entienden es el valor de la santidad atribuida a una relación sexual entre casados. La intimidad entre marido y mujer es indiscutiblemente motivo de alabanza  para Dios.
Basta decir que ese fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y juzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra...” (Génesis 1:28 )